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20.9.08

Las monarquías son sociedades conformadas por diversos estamentos sociales organizados verticalmente, en que unos pocos nobles tienen privilegios y prerrogativas del que carece el resto de sectores sociales. Las repúblicas, en cambio, son comunidades políticas de ciuda-danos libres e iguales, en que TODOS gozan por igual de un conjunto de derechos (civiles, políticos y sociales) y están sujetos a los mismos deberes.
La república fundada en 1821 no llegó a constituirse en una verdadera comunidad política de ciudadanos libres e iguales. Fue una república de papel, que en verdad se mantuvo organizada como una sociedad estamental. Fue una "república sin ciudada-nos", como diría Alberto Flores Galindo.

Los orígenes del problema

Luego de la conquista del Imperio de los Incas, la corona española estableció un sistema de dominación social que, debido a la diferencia de razas y cultura, devino en un sistema de castas, que hasta nuestros días ha dejado sus huellas.
El sistema de castas se expresó en el establecimiento de dos “repúblicas”: la “República de Indios”, conformada por los miembros de los pueblos indíge-nas, y la “República de Espa-ñoles”, integrada por los españoles y sus descendientes, los criollos. Ambos grupos tenían diferente estatus legal.
El sistema limitó el acceso de los miembros de la cultura dominada a las posiciones de poder dentro del régimen político colonial; sin embargo, no fue del todo rígido y no llegó a evitar la mezcla de razas, dando lugar a un amplio mestizaje racial y cultural, que con el tiempo hizo surgir nuevos sectores interme-dios entra ambas castas. Fue el inicio de un lento pero imparable proceso de “transculturación”.
Aunque el régimen colonial subordinó a los pueblos andinos, respetó las jerarquías de la organización prehispánica, que tenía su propia nobleza y plebe. La nobleza indígena (los cura-cas), compartió con la nobleza criolla diversos privilegios, manteniendo su condición de élite indígena. De otro lado, había un marco jurídico, las “leyes de indias”, que protegía las tierras comunales de los indígenas.
Sin embargo, a fines del siglo XVIII ocurrió un hecho crucial en nuestra historia: la rebelión de Túpac Amaru II. A diferencia de otros movimientos locales que sacudieron al Virreinato durante el siglo XVIII, que habían sido revueltas puramente indígenas, el movimiento de Túpac Amaru aglutinó, al menos inicialmente, a todos los sectores provincianos dominados por la burocracia borbona: indios, forasteros, mes-tizos y criollos.
Túpac Amaru pretendió forjar un estado multinacional indepen-diente bajo la hegemonía incaica, que comprendiera a todas las nacionalidades, incluídos criollos y mestizos; quizo eliminar las divisiones legales de castas y estamentos (menos la nobleza indígena que, por su origen, debía ocupar los puestos dirigentes del nuevo orden). Pro-ponía la permanencia de las autoridades españolas, aunque el poder de los curacas debía ser superior; y que la Iglesia Católica esté controlada por el Inca.
El proyecto de Túpac Amaru pretendió ser inclusivo, a dife-rencia del proyecto nacional que los criollos implantaron al “fundar la república”, que devino en racista y excluyente.
La rebelión tupamarista fue más que un proyecto indígena, fue un proyecto nacional. Su triunfo hubiera significado no sólo la conquista temprana de la independencia sino también, y sobre todo, la construcción del Perú como nación.
Lamentablemente, debido al impulso de las masas indígenas, la rebelión se fue radicalizando hasta convertirse en una revuelta popular anticolonial. En la medida que ocurría esa radicali-zación, los criollos y sus allegados la abandonaron.

El fracaso de la rebelión tuvo dramáticas consecuencias para el movimiento indígena y, a la larga, para la posibilidad de convertirnos en una nación. Ade-más de la muerte de unos cien mil indígenas, lo más atroz fue la destrucción de la élite indígena, lo que desarticuló la identifica-ción étnica que la población indígena había mantenido pese a la explotación colonial. Descabe-zado el sector indí-gena, a pesar de constituir el grueso de los ejércitos indepen-dentistas y realistas, no tuvo un rol protagónico en el movimiento emancipador y, por tanto, no participó en el pacto social y político con que se fundó la república.
Entonces, lo que se fundó en 1821 fue la república de los criollos. Los indígenas, los cho-los y los negros estaban excluí-dos de esa comunidad política.

La racista república criolla

Según Basadre, cuando el Con-greso Constituyente de 1822-1825 estableció el sistema republicano, en teoría, le decía a los peruanos que todos son iguales ante la ley; que deben cumplirse determinados objeti-vos destinados al bien común; y que no deben cometerse los abusos que habían proliferado bajo el régimen español. Esto es a lo que Basadre ha denominado la promesa de la vida peruana.
Paradójicamente, la situación de los indígenas —ya mala en la Colonia— empeoró en la república. No sólo se mantuvo el sistema social de dominación y explotación, sino se derogó la legislación colonial que protegía las tierras de las comunidades indígenas, permitiendo a los criollos apropiarse de las tierras de las comunidades y convertir-las en latifundios, dando origen al gamonalismo.
Waldemar Espinoza refiere que de 1820 para adelante, la situación económica, social y política del indio fue deplorable; que las más grandes miserias de la raza indígena tuvieron lugar desde entonces; económicamente regía la explotación a través del tributo, mitas y servicios personales; socialmente seguía aplastada por las clases de procedencia española, criolla y mestiza, ante cuya prepotencia los dispositivos de igualdad eran inoperantes para romper las vallas que los separaban; de modo, el título de “ciudadanos peruanos, de contribuyentes y de propietarios” que les dio el Estado eran palabras irrisorias. Los hispano-criollos, en cambio, con la conciencia de haber ganado “su independencia”, acentuaron su desprecio hacia los indígenas y mestizos, quienes definitivamente quedaron con el apelativo de “cholos”.
En la república se hizo evidente el desprecio racista que sentían los criollos hacia la mayoría indígena o mestiza. Como la población andina indígena difícilmente podía ser exterminada (como sí casi se logró en Argentina, Chile o Uruguay) y como el ordena-miento republicano impedía legitimar jerarquías legales, los criollos optaron por ignorar la existencia de los indígenas.
Ocurrió, entonces, otra paradoja: el Estado peruano controlado por la minoría criolla, ignoró o despreció a la abrumadora mayoría de la población de su territorio, indígena, mestiza, cobriza, negra, amazónica, china,… chola. Como dice Sinesio López: "una minoría en el poder decidía que el problema era la mayoría de la población."
En palabras de Matos Mar, el Estado Criollo, que no había realizado mayores intentos de incorporarse al resto del país, definió su propia identidad como Estado Nacional, sobre el supuesto de que la nación era el mundo oficial de las ciudades, de que su relativa unidad cultural e institucional eran la misma unidad de la nación, y de que el ajeno universo de las mayorías que persistía mas allá de las ciudades representaba apenas una marginalidad intrascendente, a la que tarde o temprano, el desarrollo de la civilización haría desaparecer.
En suma, a pesar del nominal carácter republicano, liberal y democrático del proyecto nacional criollo, lo que se erigió en nuestra sociedad fue un Estado Oligárquico, que mantu-vo intactas las estructuras esta-mentales y la división de castas coloniales; y, peor aún, ahondó la profunda desigualdad entre la minoría blanca incluida y el mayoritario resto de la población.

Las migraciones y la cholifica-ción

El sistema de dominación im-plantado por la conquista española recién se comenzó a resquebrajar a partir de un hecho demográfico: las migraciones de millones de campesinos, de la sierra a la costa, del campo a la ciudad, ocurridas desde la década de 1950, dieron como resultado la aparición y rápida consolida-ción de un nuevo actor social: el cholo.
A mediados de los sesenta, Aníbal Quijano anotaba que el estrato social cholo, que emerge desde la masa del campesinado indígena servil o semi-servil, y que estaba en incremento, se diferenciaba de la población india en los roles ocupacionales, el lenguaje, la vestimenta, la escolaridad, la movilidad geo-gráfica, la urbanización y la edad.
Según Quijano, el cholo es resultado del proceso social de cholificación de la población indígena, por el cual determi-nados sectores de esta población abandonan algunos elementos de su cultura y adoptan algunos de la cultura occidental criolla, con lo que van configurando un estilo de vida diferente al de las dos culturas fundantes de nuestra sociedad, la española y la andina, pero sin perder su vinculación original con ellas. En ese proceso el sujeto social indígena se transformó, sin asumir total-mente la identidad de la cultura criolla occidental, sino dando lugar a una nueva identidad: lo cholo.
La aparición de este actor social marca el inicio del acelerado desmoronamiento del sistema de dominación social impuesto por el régimen colo-nial.
La explosión migratoria a la ciudad de millones de miembros de una sociedad que había permanecido durante más de cuatro siglos en condición de servidumbre, fue el punto de quiebre a partir del cual la mayor parte de la población, hasta entonces marginada, empezó a convertirse en ciudadana, sentando las bases para refundar la república y convertirla en verdaderamente nacional y democrática.
La apabullante presencia de los cholos, del mundo popular, del movimiento popular, de la plebe urbana, o como se le quiera llamar, ha marcado el nuevo rostro del Perú. Y a través de los cholos, este nuevo rostro del Perú reconoce finalmente su legado andino.

Los cholos y el poder

Durante el proceso migratorio, sectores indígenas devinieron en sujeto moderno, urbano, pro-ductivo, social y cultural; sin embargo, aún no han devenido en sujeto político.
Carlos Franco señala que, la plebe urbana, habiendo construido ciudades, una vasta red de empresas informales, masivas organizaciones sociales, una cultura propia, etc., no construyó sin embargo organiza-ciones políticas propias. En este plano, crucial para su desarrollo y poder en la sociedad, la plebe urbana no se autorepresentó y más bien fue representada.
Así ha ocurrido porque la plebe urbana no ha organizado un discurso global sobre sí misma, la sociedad y el Estado, en cuyo fundamento articule organizaciones, programas, es-trategias de poder y compita por la conducción cultural y política del país.
El hecho que actualmente la plebe urbana no sea sujeto político limita sus posibilidades de continuar en el proceso de su incorporación plena al Estado, siendo éste un problema que debe solucionarse para culminar la construcción de una verdadera república.
Sabemos que ya existen en nuestro país las condiciones para la emergencia de un sujeto político a partir del sector cholo. El hecho que a partir de los noventa el pueblo haya optado por personajes como Fujimori y “sus cuatro cholitos” o “el cholo Toledo”, o que casi le haya dado el triunfo al cholo Ollanta Humala —más allá de los méritos o deméritos personales de estos personajes—, o que en el Congreso empiecen a proliferar representantes típica-mente cholos, muestran claramente nuestra sociedad está exigiendo otro tipo de represen-tación política, que sea más acorde a sus demandas e intereses, y que además venga de sus canteras.
Sólo falta dar el paso hacia la autorepresentación, que origine un nuevo sujeto político, que sea la efectiva expresión de los intereses de las grandes mayorías del país, de los cholos, que somos todos (o casi todos).
Ello exige una nueva alianza entre los sectores populares, las clases medias progresistas y, en general, todos aquellos sectores sociales dispuestos a apostar por la construcción de una auténtica comunidad política nacional, que reconozca todas las vertientes culturales que vienen aportando en la conforman de nuestra identidad mestiza.
Se sienten ya los pasos. Ese nuevo sujeto político está na-ciendo; para constituirse en una nueva elite política, verdadera-mente peruana, mestiza, nacional y comprometida en representar los intereses de todos los peruanos, sin exclusiones raciales.

"A través de los cholos el Perú reconoce finalmente su legado andino."

La necesidad de un proyecto nacional para superar nuestra fractura social

Sin duda, el Perú carece de un proyecto nacional que oriente las propuestas y programas de sus dirigencias políticas y sociales. Es más, las dirigencias políticas y la burocracia nacional se perciben desconectadas de las necesidades e intereses de la mayoría de la población. Quizá por ello, millones de soles, cientos de proyectos y decenas de programas sociales no mellan la pobreza y sus múltiples manifestaciones a lo largo y ancho de nuestro país. Pensar que los pequeños descensos porcentuales exhibidos por los gobiernos recientes son un buen indicador, es engañarse.
Ante esa realidad, la ausencia de un proyecto nacional ordenador de las diversas demandas sociales y propuestas políticas requiere ser afrontada como un problema central en el Perú, si se quiere cambiar, radicalmente, esa desconexión, las consecuentes fragilidades del Estado Peruano, incluyendo sus inefectividades burocráticas y la persistencia de la fractura social diagnosticada en el informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación.
Esta fue una fractura social teñida de un fuerte componente identitario, originada desde la invasión española del siglo XVI, y reafirmada tras la derrota de Túpac Amaru II a fines del siglo XVIII. Además, desatendida durante los siglos XIX y XX en los que gobernaron nuestra patria dirigencias políticas cuya prioridad atendía solamente a los descendientes de los invasores, salvo contadas excepciones.
Aun hoy, las dirigencias políticas no terminan de expresar al Perú cholo que construye ciudades, diseña vestidos, reinventa comidas, crea y recrea música, pintura, poesía, cuentos, blogs, organizaciones, etc. Expresar a ese Perú cholo conlleva al menos dos tareas: i) autoidentificarse con las bases reales de la peruanidad y ii) proyectar una visión de lo que queremos expresar como peruanos ante el mundo en el futuro próximo. Tareas que requieren de nuevos actores políticos que asuman los retos respectivos, especialmente el de construir y llevar a cabo un verdadero proyecto nacional republicano que haga realidad lo que Basadre llamó "la promesa de la vida peruana".

La igualdad en peruanidad como condición para una República de ciudadanos y ciudadanas
Un proyecto nacional presupone una autoidentificación nacional. Pero ¿existe o puede existir la “peruanidad”?. Si queremos construir una nación sólida, la respuesta no puede ser otra que SÍ. Una nación es más que un acuerdo sobre límites y organización jurídica. Una nación es también autoidentificación de cierta hermandad entre quienes compartimos un pasado común y un destino común, los conciudadanos de la nación. Hermandad que conlleva relaciones horizontales entre todos.
Esta autoidentificación presupone elementos culturales, acuerdos compartidos sobre qué nos identifica como con-nacionales. Pasarlos por alto supondría una cohesión mera-ente formal y, por tanto, una debilidad intrínseca en la convivencia. Esto es lo que le ha venido pasando al Perú durante la República formal que sucedió al virreynato.
Por eso se explican las fracturas que facilitaron las derrotas de la Confederación Perú-Boliviana y de la guerra del Pacífico, así como la cruenta política peruana del siglo XX y el conflicto armado interno que cerró ese siglo con 69 mil víctimas, la mayoría quechuahablantes.
En todos esos conflictos, hubo una negación absoluta de la común peruanidad de inmensos sectores de nuestra población. En todos esos momentos, se evidenció que unos se sentían esencialmente distintos a los otros. Por eso fue tan fácil matar a los estudiantes de La Cantuta en Lima, o a las mujeres y niños de Putis-Ayacucho y Bambú-Huánuco, exhumados recientemente. Por eso, también, cuando baja la temperatura, todos los años mueren niños y ancianos que, de haber estado bien nutridos y abrigados, no morirían; no obstante, mueren porque las dirigencias políticas nacionales no los identificaron como peruanos, iguales en dignidad a ellas mismas y merecedores de los mismos entornos sociales que garantizan la vida ante, por ejemplo, factores climáticos.
Superar esa dificultad para entendernos como iguales en peruanidad resulta esencial para que la idea de una república de ciudadanos cobre sustancia en el Perú. Pero, para que eso ocurra, tenemos que partir reconociendo y valorando un elemento central de nuestro punto de partida nacional: nuestra condición de vivir en un país heredero cultural de la gran civilización andina y de la gran civilización europea, a la que se añadieron importantes aportes africanos durante el período virreynal, chinos en el primer siglo de la independencia de España y de muchos otros pueblos en el siglo XX, incluyendo los amazónicos.
Esas herencias o aportes, en su mayor parte, no se aislaron, sino se mezclaron, o, mejor aun, se fusionaron y se siguen fusionando, generando un mestizaje singular, una identidad nueva y distinta; en la que los aportes culturales no se pierden, sino que permanecen enriqueciendo la nueva identidad.


La choledad como punto de partida de nuestra peruanidad

¿Cómo caracterizar esa identidad peruana producto de la confluencia de elementos culturales andinos, europeos, africanos, asiáticos? Como ya ha sido caracterizada: mestiza, pero no de cualquier manera. En el Perú, hemos inventado un tipo de mestizaje único en el mundo y ya le hemos puesto un nombre: “cholo”.
Los peruanos nos llamamos “cholos”, le llamamos “cholita” a nuestra amiga linda, “acholamos” el pisco cuando mezclamos variedades de uvas. Lamentablemente, algunos, los que no quieren reconocer a todos los demás como sus hermanos en peruanidad, sus iguales en ciudadanía, “cholean” despectivamente a quienes no tienen el dinero, el color, la dicción, los ternos o trajes de “su nivel” o “condición social”, a los que no pertenecen a los círculos de la “GCU” (“gente como uno”), a los que no podrían entrar a ciertos clubes o discotecas o, incluso, centros comerciales (por cierto, cada vez más marginales, aunque aún existentes, como lo recordó el alcalde de Miraflores en Lima el primer semestre del 2008).
Peor aun, muchos, a pesar de no compartir esos criterios discriminadores y alienantes, tienen internalizados los prejuicios contra el mestizaje cholo de la peruanidad, por lo que les cuesta aceptarlo como un signo de unión entre peruanos y peruanas.
Pero no hay alternativa. Y, si bien es cierto, en su origen, la palabra "cholo" fue usada como un despectivo, lo que fue marginado y echado al final de la escala social ha insurgido y se ha puesto en el centro de la vida común.
Es, pues, el tiempo de aceptar que solo valorando nuestro peculiar mestizaje cholo, que trasciende lo racial o lo étnico, que se proyecta culturalmente en muchísimas manifestaciones que expresan "lo peruano", podremos afirmar una república de ciudadanos, sólida en su base y poderosa en su proyección. Pues solo afirmando una ciudadanía común, pero no formal únicamente, sino densa, llena de historia y de historias fusionadas, nos sentiremos bien de ser peruanos o peruanas.
Y afirmarnos como cholos o cholas, queriéndonos así, es afirmar y querer nuestra andinidad, nuestra europeidad, nuestra africanidad, etc. Es afirmarnos afirmando al otro que tenemos en frente, que tenemos dentro de nosotros, reconociendo que sus aportes nos han enriquecido a todos.
Cierto es que aun estamos lejos de afirmarnos de esa manera. Cierto es que seguimos pasando a las celebraciones "de Fiestas Patrias", entre otras, sin “ver” a los conciudadanos excluidos de toda celebración por su extrema pobreza. Es verdad que buena parte del poder económico y político de nuestro país se concentra en quienes no reconocen la igualdad ciudadana de todos ni la valía cultural de los aportes andinos, amazónicos y africanos y, que al no reconocer a esos otros, tampoco se reconocen a sí mismos como cholos. Pero también es cierto que eso está cambiando y que las fuerzas políticas que aceleran ese cambio están organizándose. Con todas estas certezas, podemos decir que afirmarnos como cholos y construir una nueva peruanidad, inclusiva, es punto central de las agendas de cambio que la política tiene que proponerle al país. De esa manera, podremos construir una nueva elite política para el Perú, que se distinga por proponerle un proyecto nacional que supere sus fracturas y lo haga una verdadera comunidad de ciudadanos y ciudadanas, profundamente orgullosas de su peruanidad chola. La oportunidad histórica está frente a nosotros. Solo nos queda dejarla pasar o aprovecharla.

¿Todos somos cholos?

Quizá usted vio nuestro afiche multicolor que llama la atención sobre que TODOS SOMOS CHOLOS. ¿Será verdad que todos lo somos? ¿Qué es ser cholo? ¿Porqué llamar la atención sobre este tema?
A inicios de este año, luego de nuestra campaña TODOS SOMOS CHOLOS, aparecieron en las calles de Lima otros afiches:
Estos ciudadanos también tienen sus blog: xxxcholoxxx.blogspot.com
CHOLO CULTURA EMERGENTE.
La discusión sobre lo cholo tiene ya algunos años en el partido político Constructores Perú. Efectivamente, no somos un grupo que se cuelga del tema de moda, que sea inconsecuente o que hable a media voz, en actitud inconfundiblemente caviar. Desde que decidimos explorar en nuestra identidad nacional, caímos en cuenta de que este es un aspecto imprescindible en un proyecto político que promueva reales cambios en el país.
Estos ciudadanos también tienen su blog: xxxcholoxxx.blogspot.com
Afirmar que TODOS SOMOS CHOLOS es reconocer una realidad evidente, reflejo de una nueva peruanidad ya cimentada, pero aún en construcción. Pero esta realidad no es fácil de asumir, pues el excluyente orden establecido –en el que todos nos vemos finalmente envueltos– hace difícil que nos reconozcamos tal como somos.

Nuestra opción por el término “cholo”

La más fácil reacción ante una expresión tan polémica y de afianzada connotación negativa –como lo es “cholo”– es buscar otro término que permita ahorrar el esfuerzo y desgaste de intervenir en una discusión que podría distraernos de lo que realmente queremos señalar sobre la identidad peruana. Sin embargo, desde el inicio sabíamos que esto de participar de la cosa pública no sería nada fácil.
Por ello, aunque el término resulte incómodo para algunos, nosotros hemos apostado incluso por cuestionarnos sobre este malestar. No es gratuito que “lo cholo” cause escozor y, justa-mente por eso, asumirnos cholos es mucho más que un acto de propio reconocimiento, es una reivindicación de esta nueva peruanidad antes relegada y una afirmación ineludible para la construcción de una república verdaderamente inclusiva.
Algunos destacan el origen vejatorio del término, y dicen que cholos se decía a unos perros nativos, de mala raza a ojos de los invasores. Pero las conno-taciones de la palabra “cholo” ya no dependen de ese origen perdido en la historia. Actual-mente “lo cholo” excede al anecdótico origen de la palabra. Más bien, para la gran mayoría del país expresa una realidad viva, una cultura en pleno auge; y sólo para una minoría –excluyente y racista– que subsiste en nuestra sociedad, es motivo de rechazo.

La choledad como peruanidad mestiza

Todos han de reconocer que lo cholo comprende al mestizaje peruano en sus matrices más reconocibles: la andina y la occidental (primero española, luego de diversa índole).
En Constructores además afir-mamos que lo cholo abraza al mestizaje peruano en sus ricas y diversas expresiones, recogiendo diversos aportes y volcándolos en nuestra peruanidad. Por eso, no solo concebimos a lo cholo como lo mayoritario en el país –en tanto vinculado con lo andino y migrante–, sino que reconocemos a todo el país como esencial-mente cholo, mestizo de tantas formas.
Asumimos nuestra choledad cultural y no racialmente. Frente a iniciativas puristas y racistas, consideramos que una lectura real y no demagógica del país dará cuenta de que nuestros modos y temperamento son mestizos; que hemos imbricado en nuestras vidas los aportes y las tradiciones de diversas culturas, creando una distinta, que ya puede distinguirse y que continúa en pleno desarrollo.
Sostenemos que la choledad no se lleva en la piel, sino en nuestra forma de ser social e individual. Para reconocernos en esta peruanidad poco importa la pigmentación, las facciones o la forma de hablar, lo que importa son los actos y sentimientos de pertenencia a esta cultura chola.
Los prejuiciosos y racistas querrán vincular la choledad con los aspectos más impresentables de nuestra idiosincrasia. Pero vicios y errores no son ni mayoritarios ni inherentes a nuestra peruanidad chola. Quien quiera verlo así, o se venda los ojos para no reconocer el auge pacífico y progresista de lo mestizo o, reconociéndolo, recu-rre a la mentira y la injuria para defender el statu quo que le beneficia.
Aunque para nosotros la chole-dad no es asunto racial, no desconocemos que existe una marcada discriminación por el color y los rasgos físicos, ante la cual nos indignamos.
En suma, apostamos por lo cholo como una forma de reconocernos y valorarnos unos a otros como iguales, en una comunidad en la que todos podamos vivir de forma digna.

Lo cholo y Constructores Perú

Aunque la campaña que hicimos con el fiche pone el énfasis en el tema de nuestra peruanidad mestiza, no debe perderse de vista que la choledad es uno entre otros tantos asuntos fundamentales que son impres-cindibles para cambiar el país.
Hemos desarrollado algunas tesis políticas que consideramos de principal importancia para la construcción de un país de todos y para todos, sobre pobreza y exclusión, poder y ciudadanía, identidad y educación, relación entre Estado y mercado, descen-tralización; generación de rique-za; rol de las élites.
En nuestras tesis sobre identidad peruana, consideramos a lo cholo como elemento integrador de lo multicultural –que suele señalarse como lo diverso, desintegrado y hasta enfrentado–. Al respecto, no obviamos las diferencias culturales existentes. Creemos, más bien, que con ellas el mestizaje se ha dado y ha forjado una renovada peruanidad, de la que todos somos parte.
Afirmamos la existencia de una identidad nacional, pero no nos consideramos “nacionalis-tas”, menos aún en los términos que algunos se consideran en nuestro país. Sí creemos en la forja de una nación peruana, que ya podemos vislumbrar, pero no creemos en hacer de la nación un “ismo” demagógico e hipócritamente pendenciero. Amamos a nuestra patria, por tanto nos reconocemos patriotas convencidos y ponemos nuestras fuerzas al servicio del país, pero no nos asumimos ni patrioteros ni nacionalistas.
Creemos en la democracia como diálogo de todos. De allí nuestra apuesta por el recono-cimiento mutuo y la ciudadaniza-ción. Creemos en una ciudadanía de derechos y libertades, pero que no olvida los deberes de la persona con respecto a los demás y a su comunidad. Creemos que debe cumplirse la promesa de una república peruana donde todos podamos desarrollarnos, y que lograrlo es más posible ahora que antes.
Creemos que los cambios sólo serán superficiales mientras no se solucione el doloroso asunto de la pobreza. Por ello, creemos que en nuestro país las transforma-ciones sinceras han de ser final-mente radicales, porque deberán incidir de manera decisiva en la raíz de nuestros problemas.
Con lo anotado, nuestra noción sobre lo cholo abarca el mestizaje del que todos los peruanos formamos parte. Todos somos cholos. Pese a esto, el país no termina de encontrarse consigo mismo; peor aun, quienes tienen capacidad para decidir y realizar los cambios que el país merece, viven y gobiernan de espaldas a las necesidades e intereses de esta nueva peruanidad.
Por ello es necesario y hasta inevitable reivindicar nuestros intereses nuevos y distintos, nuestras necesidades posterga-das, nuestras aptitudes y cosmovisiones desestimadas por las seudoélites nacionales. Es necesario participar, intervenir, construir. Construir un país de todos y para todos los peruanos: una verdadera república de ciudadanos.

El sentido de Constructores Perú, un proyecto político para el Perú del siglo XXI

El Perú ha entrado ya al siglo XXI y pronto celebrará 200 años de vida republicana. Viéndolo de manera optimista, el proyecto de la República del Perú se ha mantenido constantemente como una simbiosis histórica que ―parafraseando a nuestro gran historiador Jorge Basadre― debe, a la época prehispánica, la base territorial y una buena parte de la genética de su población; a la época virreinal, el mantenimiento de tal territorio y otra parte de la base genética poblacional; y, a la propia república, el sentido de la independencia y de la soberanía integrada como una nación.

Sin embargo, el Perú, como proyecto de vida ciudadana, está inacabado, pues las clases dirigentes no han podido promover en el territorio sobre el cual se desarrolla el Estado peruano, una razonable conviven-cia entre sus habitantes ni mucho menos les ha permitido a estos desarrollar los proyectos de vida que quieran tener. Al contrario, durante todo este periodo republicano, el país ha pasado por serios inconvenientes y se han desaprovechado oportunidades de desarrollo, dado que las clases dirigentes han traicionado a la población, pues han sido incapaces de marcar un derrotero hacia un futuro promisorio para todos los ciudadanos.

La situación actual, de evidente bonanza económica, pero de profunda insatisfacción colectiva y de desencanto generalizado del ciudadano alejado del centro de poder, demuestra justamente la carencia de proyectos políticos serios.

Es en ese marco de angustia existencial que surgió CONS-TRUCTORES PERÚ, como un proyecto político democrático que busca construir una nueva forma de organización del poder en la sociedad peruana, no solo a nivel nacional, sino también a nivel local y regional, que pase por el reconocimiento y promoción del máximo aprovechamiento de la vida y la libertad de todas las personas, entendiendo que la libertad solo puede darse de forma relacional, es decir, entendiendo que no hay libertad del ser humano como una entidad individual, sino solo del hombre o de la mujer en relación con otros.

El proyecto político construc-tor se plantea desde un punto de partida concreto e histórico: el Perú de inicios del siglo XXI, cuya población requiere de un referente común de identidad y ciuda-danía. En tal sentido, este proyecto pro-pone que todos los peruanos y peruanas, independientemente del sector social al que pertenezcamos, de nuestra cultura, etnia o raza, debemos ejercer, efectivamente, nuestra condición de ciudadanos y ciuda-danas y sentirnos incluidos en una identidad peruana común.

Como se ve, identidad y ciudadanía son las piedras angulares sobre las que se ha de fundar una república de verdad inclusiva.

La diversidad cultural del Perú no es un obstáculo para construir una identidad nacional peruana, que sea el resultado del sincretismo de las diversas identidades culturales existentes. No se trata de destruir o neutralizar las identidades locales o “puntos identitarios de partida”; sino de partir de ellas, de los orgullos, miradas o autoestimas que ya existen para lograr un nivel nacional de identidad peruana sobre la base de nuestra peruanidad mestiza, a la que le denominamos identidad chola.

Visto así, lo cholo no se refiere al proceso migratorio hacia la costa urbana, sino a las diversas expresiones del mestizaje peruano, que han de devenir en la promoción de una República de ciudadanos. Cuando hablamos de lo cholo, pues, no nos referimos a un asunto racial, sino a uno cultural; por tanto, de implicancias sociales y políticas.

De modo que afirmarnos cholos no es contradictorio con nuestros orígenes culturales y raciales, sino implica entendernos, más allá de esos datos, como integrantes de una misma comunidad política, que tiene una idiosincrasia, necesi-dades e intereses comunes.

Nuestra identidad se comple-menta con la construcción de una comunidad de ciudadanos en la que podamos afirmar la igualdad de oportunidades para todos y una real lucha contra las injusticias.

Evidentemente, para que ello no sea solo retórica, nuestra propuesta lleva consigo garantizar “pisos” de igualdad material para todos. Y esto requiere que la sociedad asegure a todos sus miembros: mínimos de alimentación, un espacio físico de intimidad, capacidad para movilizarse, oportunidades para cultivar las aptitudes personales (oportunidades flexi-bles de educación) y seguridad de su vida, integridad y posesiones importantes. Enton-ces, para los constructores, la política debe hacer posible el que todos realmente puedan gozar de esos mínimos necesarios para la subsistencia física y la expresión de la propia personalidad.

Para ello, CONSTRUCTORES promueve la creatividad como actitud política: más que nunca sabemos que los calcos o las copias son inviables en el mundo de hoy, y que el desarrollo humano, personal y comuni-tario, tiene que inventarse o reinventarse, al punto de tener que hacer y rehacer hábitos de relación y consumo. Estos nuevos pactos relacionales tendrán que ser voluntarios y serán promovidos por los constructores allí donde estemos; pero en la medida en que las mayorías depositen en nosotros su confianza para asumir las funciones de gobierno.

En suma, el proyecto de Constructores Perú es una tarea ardua y solo puede ser impulsada por una nueva élite política que comande responsa-blemente los cambios y coordine las fuerzas nacionales, consciente de su contexto social y su propio rol histórico (conciencia de la realidad y conciencia de sí), acreditando voluntad real de lucha y cambio (no meros impulsos o buenas intenciones), con un grupo comprometido (no personalida-des o caudillos) en torno a un proyecto común (no volunta-rismos ni respuestas solo coyun-turales).

Nuestro reto organizativo es construir esa élite política, lo que solo se podrá realizar si las peruanas y peruanos asumimos sin complejos nuestra identidad chola, sumando a la tarea de construir la nueva dirigencia política que el Perú necesita para forjar un proyecto nacional verdaderamente integrador.

Están ustedes, amigos lectores, invitados a integrar, apoyar y apostar por este gran proyecto. Los esperamos.

Transcurridos dos años de gobierno aprista, es oportuno preguntarnos si estamos frente a una gestión exitosa que permitirá a los peruanos y peruanas experimentar mejorías en sus condiciones de vida o, como suponemos, nos encontramos frente a otra oportunidad perdida.

Según las estadísticas, nuestra economía está creciendo. Ello obedece a factores externos, como el alza del precio de los metales, lo que nos favorece en nuestra condición de país exportador de minerales. Este crecimiento y las políticas de austeridad que soportó la sociedad peruana por décadas, nos permitieron ahorrar y disponer de liquidez hoy en día.

Pero no debemos olvidar que el Perú, durante su existencia republicana, atravesó por diversas etapas de bonanza económica, como la del guano, la del caucho, la del algodón o la de la pesca, cuyos réditos económicos; sin embargo, fueron despilfarrados sin que la clase gobernante de turno haya asumido la responsabilidad por dichas pérdidas.

Estamos ante un escenario similar, ya que atravesamos un periodo de bonanza, gracias a la gran demanda de metales por parte de China e India, pero tenemos un gobierno que, en lugar de convertir esta oportunidad en desarrollo, ha optado por una política extractiva y de privatización sin ningún criterio estratégico, arriesgando esta nueva oportunidad para recaudar mejor e invertir en desarrollo. La sola extracción de los recursos mineros, sin inversión en educación, ciencia y tecnología, nos llevará a que esta etapa solo brinde una mejoría pasajera, pero que, como siempre, termine en fracaso.

Por ello, a pesar de la anunciada reducción de la pobreza, la bonanza no es percibida por los sectores a los que el Estado aún no les ha pagado esa gran deuda social, lo que los mantiene en condición de pobreza y marginalidad.

Menos pobres y más analfabetismo

Somos un país que exhibe índices de crecimiento macroeconómico favorables, pero, a la vez, se ubica reiteradamente como uno de los últimos en el ranking mundial en calidad educativa.

La reducción de la pobreza se muestra como uno de los logros del actual régimen y nadie duda que se percibe una mejoría de ciertos sectores. Lo escandaloso es que al lado de estas cifras ocurren situaciones como las de Huancavelica, la región más pobre, que, entre 2006 y 2007, aumentó su pobreza de 84% a 85,7%. Esa población sufre de desnutrición crónica, carece de una educación de calidad, prácticamente tiene cero oportunidades de desarrollo y casi ni ejerce su ciudadanía.

Según una reciente encuesta del Instituto de Opinión Pública de la PUCP, ante la pregunta ¿Cuál cree que son las dos principales razones que dificultan un mayor desarrollo económico en el Perú?, la educación aparece como la principal clave para un cambio social real, justo y deseable.

Estamos convencidos de ello: la pobreza y la desigualdad solo retrocederán si se invierte adecuadamente en educación. La actual reducción de los índices de pobreza será realmente sostenible en la medida en que se invierta en educación. Ello significa, en primer orden, una decidida apuesta por la primera infancia, asegurando a todos los peruanos condiciones adecuadas de salud y nutrición, recuperando, así, una generación que debe recibir toda la atención para que pueda tener éxito en la escuela y reales oportunidades de desarrollo. De lo contrario, de nada servirán las inversiones y las privatizaciones.

Estas paradojas cuestionan la corriente exitista, que insinúa que el camino transitado es el correcto. Lamentablemente, esto no es así. Un ejemplo de esto puede ser que, a pesar de que el gobierno emprendió una campaña de alfabetización y anunció que en el 2011 habría erradicado el analfabetismo, dicha lacra se sigue manteniendo y reproduciendo en nuestras escuelas. Lo que pasa es que el gobierno no ha invertido de manera seria en mejorar la calidad de los aprendizajes.

La reforma aprista ¿cuál reforma?

Hace meses, Fernando Villarán, en un interesante artículo, invitaba al gobierno a que se dé cuenta de que durante este periodo no se ha impulsado ninguna reforma, por tanto, aquellos logros que hoy se exhiben son herencia de gestiones anteriores; asimismo hacía ver al gobierno que se enfrentaba a la gran oportunidad de realizar reformas importantes, ya que se contaba con recursos y condiciones para hacerlo.

Si se poseen los recursos y las condiciones, ¿por qué no se realiza esas reformas?. Sin duda, el APRA decidió no hacerlo: se dejó seducir por los reflectores y prefirió optar por medidas efectistas que podrían verse como logros, pero no son más que fuegos artificiales que se traducen en más teléfonos celulares, en lap tops sin maestros, etc., validando la profecía auto cumplida de perdernos otra oportunidad de dar el gran salto social y de impulsar una verdadera reforma que haga del Perú un país de/con ciudadanos. Contamos con recursos, reservas, activos e ingresos más que suficientes para hacerlo.

No estamos solo frente al fracaso del gobierno de Alan García y su megalomanía, estamos frente al gran fracaso del Apra y una clase de políticos que ponen en la agenda los reales problemas del país, de un modelo que se ha ido construyendo en el camino y que ha mirado atrás no para aprender de las lecciones, sino para asumir verdades que ya han fracasado, de un modelo liberal como los que no hay, que vende todo por nada y que ha descuidado el principal capital: el ser humano.

En los próximos años, el país debe tener una ruta clara, con metas y con una actitud de diálogo que le permita construir y concretar la promesa de la vida peruana aún incumplida. Requerimos de organizaciones políticas capaces de ser el puente entre las demandas sociales y el Estado, de hacer pedagogía y cultura ciudadana, de gobernar honrando compromisos, cumpliendo la palabra empeñada, sobre todo aquella pendiente por 187 largos años de historia republicana.

Debemos aspirar a que nuestros gobernantes tengan la decisión de emprender cambios de largo aliento, que no se conformen con cifras y datos estadísticos, sino que sepan leer lo que el país exige: condiciones de dignidad que hagan de los habitantes del territorio peruano verdaderos ciudadanos y ciudadanas, que vivan en libertad e igualdad, con oportunidades para todos, donde la vida en sus diversas formas tenga valor, donde la palabra tenga sentido, donde la política sea servicio capaz de generar esperanza y hacer posible toda ilusión de dignidad humana para el engrandecimiento del país.

Mientras recorro las calles de Guadalupe (Ica), rodeado de casas que muestran el desamparo de una publicitada pero lentísima reconstrucción a casi un año del terremoto, desde una carpa de damnificados escucho una can-ción del Grupo 5, tarareada alegremente por un niño. Me detengo en la calle que me vio crecer, en su mayoría de familias campesinas; recuerdo muchas cosas, entre ellas la música que escuché y gocé desde niño.

Muy peculiar mi barrio, rodeado de campiñas, dunas y chacras, viviendo en medio de gustos variados. Al lado de la casa vivía don Basilio, gran amigo de la familia. Con su guitarra armaba jaranas de las buenas. Con él aprendí a escuchar la guaracha y el son de Los Compadres de Cuba, los boleros de Los Panchos de México y nuestros valsecitos criollos.

Al otro extremo de la calle, donde iba a jugar, los gustos eran algo diferentes. Allí vivían campesinos que habían trabajado en una hacienda convertida por la reforma agraria de Velasco en Cooperativa. Con ellos conocí y bailé con música de Los Yungas, Los Girasoles, Los Destellos y Diablos Rojos. No escuchaban el estilizado "bolero de salón", sino a un cantante algo llorón llamado Guiller y a Iván Cruz. En cuanto al vals criollo, preferían a Carmencita Lara antes que a Jesús Vásquez o a los Zañartu.

En ese pequeño barrio donde viví podían notarse esas diferen-cias y resistencias musicales y culturales. Lo mismo ocurría a nivel nacional, en que se difundía música del gusto de los sectores medios, la nueva ola o música en inglés. El otro tipo de música era la marginal. Algunos grupos y orquestas intentaron adaptar esa música “al gusto de los que mandaban en los gustos”. Así aparecieron Tito Chicoma, Otto de Rojas entre otros. Era música marginal y de los pobres, como lo proclamaba el grupo Los Yungas. Hoy diríamos que era de un sector emergente, no necesaria-mente pobre.

Al retornar a Lima, en el bus en que viajo nuevamente escucho al Grupo 5. En verdad se escucha en todas partes. En la revista dominical de un diario de circulación nacional leo un informe especial del boom de la cumbia peruana. Me doy cuenta que esto ya no es expresión marginal o de “mal gusto” o exclusivo de los conos de Lima o de barrios populares como en el que viví. Es una resistencia y conquista cultural a la vez, que se ha impuesto paulatinamente, con-tribuyendo a construir una identi-dad nacional que tenga en cuenta el aporte cultural de quienes eran postergados.

Los colores, sabores, sensa-ciones, música y canciones han tejido vínculos que configuran identidades. Nuestra música ha sido siempre mestiza y este mestizaje ha ido nutriendo la creatividad y los sentimientos de los que vivimos en comunidad, y ahora por fin lo estamos reconociendo. Todo ello me lleva a realizar este breve repaso:

1. El Perú prehispánico. Me pongo a pensar si los antiguos habitantes de estas tierras paracas que recorro, conocieron la tinya, la quena y el pututo, instrumentos musicales del Incanato. ¿Qué otros instrumentos conocieron? ¿qué ritmos danzaron? ¿ se les impuso el gusto incaico?

Hubo variedad de danzas para diversas ocasiones de su vida. También es sabido que todo lo Inca llegó a ser lo que fue, por el aporte de culturas precedentes. Es posible que se haya rescatado algún instrumento que otras culturas. Pudo ser el caso de la antara, tan similar al instrumento occidental conocido como la flauta de Pan y con el que acompañaban sus cantos de alegría, penas y pasiones.

2. El virreinato. Los conquis-tadores trajeron junto con sus instrumentos musicales, sus cantos guerreros y campesinos que datan de la época medieval. Del mismo modo llegaron los curas con sus cantos religiosos que permitían catequizar y evan-gelizar. Su propagación durante siglos lo hicieron las congrega-ciones religiosas. Al enseñarse a los indios a entonar el canto llano y el organum (el canto monofónico eclesiástico o canto gregoriano y la polifonía renacentista) nacen las primeras manifestaciones de mestizaje colonial. En esta etapa y por buen tiempo los religiosos van a ser los que cultiven y desarrollen la música en este territorio, que se prolongará durante el virreynato peruano enmarcada por el barroco y la música italiana del momento.

3. El vals criollo. La revolución de la independencia, aceptada por los criollos a regañadientes, creó la República y consolidó el poder de los criollos sin que ellos lo hubiesen merecido. Los gustos y mentalidad siguieron siendo colo-niales. La llamada música criolla no fue tampoco su creación.

El término “criollo”, como lo fue el término “cholo” más reciente-mente, era despectivo. Garcilaso de la Vega desarrolla esta definición de criollo:

“A los hijos de español y española nacidos allá [en América] dicen criollo o criolla, por decir que son nacidos en Indias. Es nombre que lo inventaron los negros –y así lo muestra la obra. Quiere decir ‘negro nacido en Indias’. Inventáronlo para diferenciar a los que van de acá, nacidos en Guinea, de los que nacen allá. Porque se tienen por más honrados y de más calidad por haber nacido en la patria, que no sus hijos porque nacieron en la ajena. Y los padres se ofenden si les llaman criollos... Los españoles, por la semejanza, han introducido este nombre en su lenguaje para nombrar a los nacidos allá, de manera que al español y al guineo nacidos allá les llaman criollos y criollas...”

Por tanto, la música que vamos a conocer como criolla, no es una manifestación propia de la nueva clase social dominante. Esta música se desarrolla en la costa peruana, especialmente en Lima y el norte peruano, aunque alejada de la élite oligárquica de la época que, influenciada por la moda europea, gustaban del barroco y el vals clásico. Este último género es acogido y transformado en los barrios y callejones de un solo caño, dando lugar al vals criollo, género que poco a poco fue penetrando en el gusto de las clases dirigentes que lo adoptaron como suyo posteriormente.

Los barrios limeños confor-mados ya por gente en su mayor parte mestiza hacen suyo los ritmos del vals clásico, tarea difícil si no se cuenta con los instrumentos de una orquesta de cámara y de los salones de esa época, (sino, escuchemos e imaginemos el vals del minuto de Chopin o el Bello Danubio Azul de Johann Strauss) por lo que instrumentos africanos y la guitarra española buscan reemplazar dichos instrumentos, como el caso de la quijada de burro que se utiliza para la fuga o entrada musical similar a la del timbal sinfónico. Es la música que marcó casi todo el siglo XX, y que fue recogido por los sectores medios, identificándose durante mucho tiempo como la música peruana, por encima del huayno, el huaylas u otros ritmos nacionales.

4. Variante del vals criollo y perspectiva provinciana. Hay también en esta época una forma peculiar del vals, de expresión provinciana, que se desarrolla especialmente en Arequipa y está influenciada por los yaravíes. Su expresión máxima la encontra-mos en Los Dávalos y el "cholo" Berrocal. Tanto "el provinciano" de Berrocal como el de Lorenzo Palacios, "Chacalón", describen al provinciano que llega a la capital con ansias de triunfar confiando únicamente en su trabajo y en esa especie de espíritu protestante weberiano (trabajador, austero y religioso).

Naturalmente las perspectivas son distintas: el provinciano del cholo Berrocal parte de la nostalgia a pesar del logro. El de Lorenzo Palacios es el de aquel que está construyendo su vida en medio de la dificultad. Berrocal expresa al provinciano que ha triunfado pero que se aferra al recuerdo del pueblo al anhela volver. El de Palacios transmite ansias de conquista de la urbe, sin mirar atrás. El de Berrocal describe al provinciano maduro y triunfador, el de Chacalón es el del joven provinciano que busca sentirse parte de la capital, su conquis-tador. El de berrocal expresa las migraciones que van de los años 50 a los 70, el de Palacios es esencialmente el de los 80 hacia delante y expresa al llamado provinciano emergente que cambia la Lima mazamorrera y a las ciudades de la costa, con su costumbre, sus sueños y su música.

Cabe señalar que los estilos de Carmencita Lara (con su Olvídala Amigo o Llora, llora Corazón), como el de Los Embajadores Criollos, con Rómulo Varillas, tienen gran acogida en los sectores populares y gozan de mayor popularidad que los valses de Felipe Pinglo, Chabuca Granda o de Alicia Maguiña, con el que se identifican mejor las clases medias.

5. El Bolero Peruano. El bolero mexicano y cubano de los años 50 con su estilo romántico y ritmo cadenciosos tienen en el Perú a sus seguidores y contribuyentes propios en el estilo clásico y que aportaron al mismo con temas tales como “Osito de Felpa” de Mario Cavagnaro hasta intérpretes como el trío Los Morunos.

Sin embargo en el Perú se desarrolla una forma de hacer bolero muy particular y popular, alejado del estilo del bolero clásico, al que despectivamente se denomina "bolero cantinero" (como si las canciones de Javier Solís o Los Panchos no se escuchasen y cantasen en cantinas). El mayor intérprete de ese estilo es Lucho Barrios, cuyo estilo es desarrollado por intérpretes como Jhony Farfán, Pedrito Otiniano, Guiller e Iván Cruz, y en las voces femeninas con intérpretres que van de desde Fetiche a Anamelba, Gaby Zeballos y Vicki Jiménez, y en cuanto trío dentro de esta misma escuela se destacan los Hermanos Castro. Un estilo creado y adecuado al gusto popular peruano y que se impone con el reconocimiento internacional de Lucho Barrios al lado de Lucho Gatica, Leo Marini, entre otros.

6. La cumbia peruana. La cumbia se origina en Colombia. Provine de la palabra africana cumbé, que significa jolgorio o fiesta. Que se expandió por todo América latina, alcanzando en muchos países un estilo propio, como en México, Argentina y por supuesto Perú. Es en los años sesenta que este ritmo se asienta en nuestra tierra en forma definitiva, por encima de otros ritmos tropicales o caribeños como el chá-chá-chá, el guaguancó, o la guaracha, (que a través de la salsa se van a establecer en el Callao y La Victoria). Un grupo como los Corraleros de Majagual de gran popularidad en nuestro país en esta década ayudan a consolidarlo. En los setenta será Juaneco y su combo quien desde el oriente peruano (Pucallpa) a este ritmo le agrega el órgano eléctrico, y una canción de origen brasileño la adecuará al ritmo de cumbia, es así como nace y se difunde “Mujer Hilandera” (hoy retomada por grupos de rock nacional como La Sarita, entre otros) y posteriormente consolida su presencia nacional con su “Ya se ha muerto mi abuelo”. Los Mirlos son de aquella época, lo mismo que los Beta 5. En este mismo tiempo, se le atribuye a Enrique Delgado y sus Destellos haber introducido la guitarra eléctrica3, propia de los grupos de rock, asimismo el güiró caribeño será un instrumento importante que acompaña el ritmo de esta música (sino escuchen “la ardillita”) o el redoble peculiar de la campana para dar una entrada (escuchar “A Patricia” o “A Elena”). “Solos” de guitarra se hacen populares y grupos que están el borde de la cumbia peruana lo expresan con mucho éxito entre ellos Los Pakines, (los Belkins optan por la balada romántica). Es la época, también, de las parrandas de Rulli Rendo, Freddy Roland o Hugo Blanco con su arpa viajera. También aparecerán los Sanders de Ñaña, el Grupo Celeste, antes Los Girasoles y los Yungas con una canción social clásica: Los pobres también somos felices.

7. A fines de los ochenta en pleno apogeo de los Diablos Rojos de Marino Valencia un grupo de música tropical con ritmos de la sierra central arremete en la Lima provinciana, que empieza a darse cita en la carpa Grau. Los Shapis, oriundos de Chupaca (entonces distrito de Huancayo), empiezan compar-tiendo escenario con los Diablos Rojos y hacen popular El Aguajal, y luego la canción que rompe los hits del momento: la novia. Paralelo a esa época se mantiene un ritmo muy urbano que recoge el estilo del bolero y cumbia peruana, con la imagen de hijo de provinciano. Es Chacalón y la nueva crema de quien nos hemos referido antes. De esa época es Pintura Roja, el grupo Maravilla, entre otros. A este tipo de música se le va a llamar chicha. Como variante de la cumbia andina y moderna, expresión del migrante emprendedor y triunfador.

8. En los noventa se desarrolla una variante de la cumbia peruana, no muy original es la llamada Tecnocumbia, cuya creadora fue la mexicana Selena y los Sonics, ritmo al que no escapa nuestro país, con medios de comunicación que empiezan a reconocer este fenómeno que a la vez empieza a ser utilizada por el régimen autoritario de Alberto Fujimori, para llegar a los sectores populares, y donde sus principales representantes terminan involucrados con la campaña re-reeleccionista de Fujimori, teniendo por tanto un triste final y con la mayoría de sus representantes pasados al simple recuerdo de una moda casi fugaz.

9. El inicio del nuevo siglo nos encuentra con el apogeo y reinado de los grupos norteños, destacando Agua Marina y Armonía 10, y será hasta el año 2007 que irrumpen con fuerza la música de Estanís Mogollón (que ya había compuesto para otros grupos) y hoy en plena vigencia se encuentran el Grupo 5, Caribeños, Néctar o Kaliente.

También reina la música andina fusionada, agiornada, expresión de esa vorágine andino moderna que inunda los conciertos los fines de de semana con Dina Paucar, Sonia Morales, que se han convertido en íconos de esa peruanidad que está en plena efervecencia.

En fin, Mientras viajo de retorno a Lima, constato una vez más que muchas cosas cambiaron y que un nuevo sector ha triunfado, imponiendo su cultura y sus ritmos. No sólo aparecen en revistas exclusivas, donde todavía generan el rechazo social y racial, de un sector cada vez minoritario.

Han venido, como no, mejorando sus ritmos sin dejar de mantener su esencia de música mestiza, que en nuestro país, como dice Rostworowski, es chola y que viene expandiendo y consolidando.

Lo cholo se ha convertido en parte de la agenda nacional. Sobre lo cholo y los cholos disertan los intelectuales, se escriben libros, se hacen ciclos de conversatorios como los de la Biblioteca Nacional o del IEP, se realizan reportajes de televisión o en los más importantes periódicos. Y, cómo no, el ciberespacio tampoco ha sido ajeno a este fenómeno y cada vez más lo cholo hace sentir su presencia a través de la CHOLÓSFERA.

Seguidamente ofrecemos algunos ejem-plos de nuestra variopinta choledad que pueden encontrarse en internet. Hemos escogido en esta muestra a aquellos sitios que de manera expresa utilizan el vocablo CHOLO para identificarse.

CHOLEDAD PRIVADA. En esta página, bajo un formato lúdico, sarcástico e irreverente, se pretende reflexionar sobre quiénes somos los peruanos, cómo somos, qué hacemos, dónde lo hacemos y por qué lo hacemos, a partir de una excursión en la realidad de Lima, como espacio donde viven los sujetos que elaboran los discursos oficiales de nuestra peruanidad.

En la presentación de está página se expresan las siguientes palabras que nos parecen muy importantes: “(...) esa choledad es nuestra identidad aunque la neguemos, es aquello que con mucho orgullo, poco o sin él, nos dice quiénes somos para los demás. ¿Por qué temerle a la palabra “cholo”? ¿Por qué no reivindicarla y darle el lugar que se merece en nuestra palestra patriótica? Ese es el objetivo de la propuesta de Choledad Privada, devolverle a la choledad su condición de etiqueta identitaria, devolvernos esa choledad de la que hemos sido perversamente privados y que sólo nos pertenece a nosotros, porque solo nosotros sabremos honrarla.”

En Choledad Privada se reivindica la choledad desde lo lúdico, en CONSTRUCTORES lo hacemos desde la política. El objetivo es el mismo.

TODOS SOMOS CHOLOS. Esté blog se originó como una extensión de la campaña del mismo nombre, que consistió en un pegado de afiches en diversas zonas de Lima y otras ciudades del país, realizado por CONSTRUCTORES en agosto del año pasado.

En este blog también se reflexiona sobre nuestra choledad, sobre si es verdad que todos somos cholos o en qué sentido lo somos, sobre qué es ser cholo, o sobre la importancia de llamar la atención sobre este tema.

Asimismo, es un espacio desde el cual CONSTRUCTORES propone que todos los peruanos nos afirmemos como CHOLOS, reconociendo una realidad evidente, reflejo de una nueva peruanidad ya cimentada, aunque todavía en construcción; superando viejos atavismos que nos impiden asumir nuestra identidad mestiza.

C.H.O.L.O. Algunos meses después de nuestra campaña TODOS SOMOS CHOLOS, específicamente en enero de este año, encontramos en las calles de Lima otros afiches que, en un formato parecido al nuestro, decían CHOLO CULTURA EMERGENTE. Por un momento pensamos que se trataba de una continuación de nuestra misma campaña. Luego caímos en cuenta que se trataba de otra campaña. Nos dimos cuenta que la nuestro es más que una movida pasajera, sino que es un nuevo sentir que día a día va calando más en nuestra sociedad.

En dichos afiches se anunciaba una página web. Fue así como llegamos a C.H.O.L.O., blog promovido, según sus propios términos, por “un colectivo de artistas visuales y creativos culturales, hijos de migrantes provincianos y residentes de la periferia urbana que expresan el sentir y la convicción de que por medio del arte y la cultura se fundamenta la posibilidad concreta en estos tiempos de cambio de visibilizar un nuevo sector cultural urbano de siglo XXI.” Al parecer hay gentita de la Escuela de Bellas Artes metida en este colectivo.

Según sus mismos promotores, dicho colectivo es un nuevo espacio cultural cholo, “distinto a los ya tradicionales circuitos comercial y alternativo (formas del centralismo hegemónico limeño).” Su objetivo es promover y potenciar “el factor cultural emergente como el nuevo paradigma de nuestros tiempos...un nuevo tiempo de Pachakuti.”

CHOLONAUTAS. Nació como un proyecto del IEP (Instituto de Estudios Peruanos), con el objeto de formar una comunidad académica virtual de ciencias sociales en el Perú, para promover la mejora de la enseñanza en ciencias sociales, y contribuir a la articulación de la comunidad académica en el Perú y el área andina, a través del uso académico de internet. De los mencionados, CHOLONAUTAS es el sitio web más antiguo (el portal existe desde 2001) y, también, el más académico y, en ese rubro, ofrece diversos servicios: biblioteca virtual actualizada, información sobre becas, talleres, cursos virtuales, entre otros.